PROCESIÓN EXTRAORDINARIA DE LA CARIDAD (III):

EL CAMINO HASTA SAN PABLO

 

Con la procesión en las calles, el cortejo comenzó a avanzar por el Claro alto y Mesones encaminándose hacia el Real. La Banda de cabecera interpretaba con brillantez, una tras otra, sus marchas más clásicas, las que han hecho de esta banda un referente. Su paso tras la Cruz de guía de la hermandad hizo seguramente las delicias de los muchos semanasanteros que se congregaron durante el recorrido. 

 
 

Las filas de hermanos de luz, iniciadas por el Estandarte de la Virgen, con su escolta de tulipas, seguían a la banda. La climatología, amable en términos no generales, no facilitó que las velas se mantuvieran mucho tiempo encendidas.

Inmediatamente antes del cortejo litúrgico se ubicaban las filas de presidencia. La Señora de la Caridad flotaba sobre su trono, llevada por los portadores que supieron acompasarse rápidamente. Para ello resultó fundamental la participación de la Banda de acompañamiento, que habitualmente acompaña al Cristo y cuyos sonidos constituyen el marco musical habitual para el trabajo de los portadores. La Banda de acompañamiento dejó claro que quería estar en esta procesión y tener el privilegio de acompañar a su Madre de la Caridad, por eso echó el resto para que su presencia estuviera a la altura que la situación exigía.

 
 

Sus notas fueron desgranándose por los aires, mezclándose con el incienso que salía profusamente de los dos incensarios que antecedían al trono. Los capataces daban sus indicaciones con rigor, aunque a esas alturas los corazones estaban ya bien conectados y los cambios de paso se cogían al vuelo.

Así ocurrió cuando la Banda de acompañamiento cedió el turno a la Agrupación musical, bajo la dirección de Francisco Sevilla Talavera, para que esta interpretara “Caridad del Guadalquivir”. La Cofradía quiso dar protagonismo a los dos colectivos musicales de nuestra hermandad en esta procesión, pero no renunció a que nuestro patrimonio musical estuviera también presente, ni tampoco a que ciertos momentos subrayaran el carácter extraordinario de esta procesión. Sin duda la bajada por el Real a los sones de la marcha que compusiera Paco Lola fue uno de esos momentos. Un instante necesitaron los portadores para adaptarse al cambio de banda y de ritmo. “En ese momento pegue la cabeza al varal y me dejé llevar”, —comentó  después Francisco Jurado desarrollando el sentir de muchos compañeros de varal. “Lo peor era estar allí al lado y no poder volverse a mirar”, —señaló uno de los hermanos que portaron los ciriales. Para los espectadores la sensación debió ser impactante, varios de ellos así nos lo manifestaron espontáneamente.

 
 

En un lugar de privilegio para ver las evaluaciones iban el Capellán de la Cofradía, acompañado del Vocal Julián Moreno.  Desde luego ese debió ser un lugar inmejorable para disfrutar del espectáculo ofrecido por el magnífico manto de la Señora, diestramente extendido sobre las cabezas de los portadores y primorosamente enmarcado por unos candelabros de cola.

El tamaño de los varales sólo permitía la presencia de 34 portadores a un tiempo bajo el trono, como su número fue muy superior se hizo necesario realizar cambios a lo largo del recorrido. Los hermanos portadores fueron cambiando sus puestos, aunque todos procuraban estar el mayor tiempo posible en sus puestos. Sobre esto, Daniel Berzosa nos refería “pensé en lo afortunado que era al no ser un «portador altísimo»; pues me permitió mantenerme bajo las andas de la Santísima Virgen durante toda la procesión. Los más altos (tres primeras filas de delante) tuvieron que dejar sus sitios en dos ocasiones para que otros portadores de menor estatura pudieran también llevar el trono, que se incorporaron naturalmente en la parte de atrás para mantener el cuadro. Así que avancé o retrocedí  a lo largo del  varal pero nunca tuve que abandonar mi tarea de portador. Me sentí especialmente agradecido y feliz, y se lo dije a Ella: «He venido hoy desde Madrid para estar contigo, Madre, y parece que me lo agradecieras con la delicadeza grandísima de quererme a tu lado todo el rato. No permitas que me aparte de ti, Puerta del Cielo, tampoco en mi día a día»”.

Casi al final de la calle Real, frente al arranque de la calle María de Molina, la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Caída y Nuestra Señora de la Amargura aguardaba la llegada de María Santísima de la Caridad. Nuestro Hermano Mayor pasó a saludar a los miembros de la diputación e inició el rezó de un Ave María, seguida de la oración cuyo texto reproducimos para general conocimiento:

 
 

“Madre de la Amargura, Virgen de la Caridad gloriosa: Permítenos acompañarte en tu camino en pos de tu Hijo, para que al igual que Tú podamos gozar con Él en su Reino. Que nuestras amarguras, Señora, se tornen en alegrías por tu poderosa intercesión. AMÉN”.

Antonio Rivero entregó la oración al Hermano Mayor de la Caída, Juan Antonio Lindes Laguna, como recuerdo y este correspondió con un diploma conmemorativo. La Cofradía de la mañana del Viernes Santo ofreció a la Virgen un ramo de flores que los portadores elevaron al trono y colocaron a los pies de la Señora.  Juan Antonio Lindes fue invitado a dar el toque ejecutivo de la campana para marcar la elevación y el avance del trono. Un abrazo entre los dos hermanos mayores rubricó el acto.

 
Banda de Cabecera a Su Paso por la Calle Real
 
 
 
María Santísima de la Caridad en la Calle María de Molina

 

 

Mientras tanto el cortejo continuó su avance camino de San Pablo. La previsión original era salir por la calle Roque Rojas y bajar directamente hacia la “Puerta de los Carpinteros”, a los pies del templo paulino. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos desplegados por los servicios municipales para tener concluida esa zona de las obras que se desarrollan en los aledaños de la referida puerta, quedaba una pequeña zona sin terminar. Por esta razón la procesión rodeó por completo el templo, lo que dio ocasión a los fotógrafos de obtener bellísimas instantáneas con la torre de la Iglesia y la popular fuente adosada al ábside del templo.

 
 
En las gradas de la puerta sur, la que celebra la coronación de María por el Padre Eterno como Reina de todo lo creado, aguardaba la directiva de la Real Archicofradía de Nuestra Señora de Guadalupe, prácticamente al completo, para cumplimentar a la Virgen de la Caridad. Nuevamente se rezó un Ave María, saludándose a la Virgen con la jaculatoria “María Santísima, Reina de los cielos y Señora nuestra: Ruega por nosotros”. La Hermana Mayor de la Cofradía, Mariani Redondo ofreció un ramo a la Virgen que fue presentado ante la Bendita Imagen pero no colocado en su trono, puesto que la Cofradía de la Columna quiso llevarlo procesionalmente en su camino de vuelta a San Isidoro, como testimonio público de amor y devoción a la Patrona de todos los ubetenses.

 

 

La diputación de la Real Archicofradía se sumó a la presidencia y precedió al cortejo litúrgico en su camino de acceso al templo. Las campanas de San Pablo comenzaron a tocar a gloria para acompañar el paso de la Virgen hacia el interior de la iglesia. Justamente ante la Puerta de los Carpinteros, esperaban también las representaciones de las Cofradías del Santo Entierro y Santo Sepulcro, la Real Cofradía del Santísimo Cristo de la Humildad y María Santísima de la Fe, la Cofradía de la Oración de Jesús en el Huerto y Nuestra Señora de la Esperanza y la Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora de Gracia, con sus banderas y báculos para sumarse al recibimiento a la Madre de la Caridad.

Tras estos actos de recibimiento las diputaciones pasaron al templo para situarse al pie del altar y aguardar la entrada solemne de María Santísima de la Caridad. Todo estaba preparado para que diera comienzo de la Estación de gloria.

 
 

Texto: Bartolomé José Martínez García

Fotos: Eugenio Santa Bárbara y Manuel García Villacañas