DATOS HISTORICOS:

«Es posible que un fuerte construido por los árabes para la defensa del recinto en la parte de Poniente, estuviese

situado en el lugar donde se levanta San Isidoro. Probablemente hubo aquí una mezquita. Ya es indudable que, dieciséis años después de la reconquista de Úbeda, existía nuestro templo, cuando gobernaba la diócesis el Obispo Don Pasqual».

J. PASQUAU. «Biografía de Úbeda». Pág- 87.


El antiguo templo existente hasta finales del XV, según un pergamino encontrado por Ruiz Prieto en el mismo archivo parroquial -sin fecha, aunque del siglo XV-, constaba de tres naves sin crucero. La nave central estaba sostenida por siete pilares a cada lado desde el arco toral. De los laterales surgían las capillas (seis en total), aprovechando los espacios de los contrafuertes exteriores. La techumbre -según se deduce por diversas noticias- estaba formada por una cubierta de alfarje.

En resumidas cuentas, la vieja iglesia debió mantener una estructura gótica de salón con techumbre, posiblemente, mudéjar.

Posteriormente, entre 1510 y 1550, debió añadírsele a la antigua fábrica las actuales portadas, ya del último gótico flamígero con inclusiones de primitivos grutescos, estando en la diócesis Don Alonso Suárez de la Fuente del Sauce.

Por fin, con anterioridad a 1577, Alonso de Barba debió dar las trazas para la construcción de la nueva iglesia y sacristía, ya que, en este año, sabemos, según fuentes extraídas por Ruiz Prieto -hoy desaparecidas al arruinarse el archivo parroquial-, que se compra a las vecinas Isabel Gómez y Ana Quesada un corral y un pozo, para hacer una nueva sacristía, de cuya obra se encargaría el cantero Martín López.

En 1578, don Francisco Sarmiento de Mendoza manda seguir las obras de la capilla colateral a la Epístola, Capilla mayor y torre de la iglesia, las cuales estaban siendo llevadas a cabo por el maestro Juan de Madrid. Las obras deben paralizarse y, en 1589, en una nueva visita pastoral del obispo Sarmiento, éste manda proseguir nuevamente los trabajos.

En cuanto a la sacristía no cabe la menor duda de que en 1634, apenas recién construida, ésta se desploma, realizándose una nueva -la actual-, muy semejante, en parte, a la del Hospital de Santiago, de planta rectangular con nichos y bóveda de campanel con decoración de casetones, por el maestro de Úbeda Cristóbal dcl Pozo.

Un nuevo pleito de compra se plantea cuando, para ensanche de la Capilla Mayor, tiene que derribarse la del difunto Cristóbal Gómez, pagándose a sus herederos una cantidad de quince mil maravedíes. Como el patronato de ésta resultara ser a favor de Iñigo de Rivera, hubo que hacerse nueva escritura de compra en 1604, resultando de ésta espacio suficiente para la Capilla Mayor y para un pequeño local que se acordó utilizar para archivo de alhajas.

 

 

En 1593 -y siempre citando fuentes de Ruiz Prieto- Don Francisco Sarmiento vuelve a hacer una visita mandando venir al maestro Sebastián de Solís para reconocer las obras hechas y empezadas en las iglesias de la ciudad. En su visita a San Isidoro, este maestro debe dar las trazas definitivas -ajustándose al proyecto de Barba- de lo que había de hacerse en la Capilla Mayor, crucero y capillas colaterales al altar mayor, mandando proseguir las obras nuevamente comenzadas por el maestro local Pedro del Cano, de quien afirma en su informe «tiene la suficiencia para hacer la obra», asignándole un salario de cinco reales, bajo la condición, de que no se dedicara a otras obras hasta no verse acabadas éstas. «El informe es muy extenso y con muchos detalles, lo aprobó el Obispo el 11 de mayo del dicho año».

En 1604 se cubrió, por fin, la Capilla Mayor, colocándose el sagrario y entallándose el retablo. También, en este mismo año y durante algunos más, sabemos -por el libro de Pleitos y cuentas de Bernabé García, Mayordomo-, que se estaba reparando la torre, sacristía vieja, arco del coro, etc., bajo la dirección del maestro local Melchor Calancha.

Las obras siguen lentas y con múltiples interrupciones. A partir de este momento sólo sabemos que en 1631 estaban siendo dirigidas por Cristóbal del Pozo.

Juan Pasquau advierte la enorme diferencia existente, en cuanto a técnica y calidad se refieren, entre los capiteles del transepto, sustentantes de los arcos torales, refiriendo que los de la embocadura del ábside son obra de un buen artista, Pedro Roldán posiblemente, mientras que los opuestos son creación de un copista más inferior.

Por último, en 1698, el Obispo de Jaén, Don Antonio Brizuela y Salamanca comprendiendo la imposibilidad material de llevar a cabo el ambicioso proyecto inicial, manda el día 2 de julio de este mismo año al mayordomo de la iglesia, Don José Molina, que con la intervención del prior se dieran fin a las obras, siguiendo un planteamiento de urgencia definitivo -tal vez iniciado ya en tiempos del obispo Moscoso y Sandoval-, consistente en la actual configuración del templo: derribar la parte del edificio viejo, respetando las portadas, incorporando una sola nave central. Para estos trabajos se encarga la dirección al maestro de la Santa Iglesia de Jaén, Blas Antonio Delgado, quien deja como canteros a Bartolomé Cerezo y a Diego Carrizo, ambos naturales de Úbeda. Un tarjetón, situado encima de uno de los pilares de la nave, a la entrada de la iglesia por la puerta Norte, lo indica: «Adelantose esta obra, año 1698, siendo prior el Maestro Don Juan Rubio».

«Duró la fabricación de esta iglesia más de 123 años, y se costeó con los fondos de su fábrica, limosna de los prelados y del Cabildo de la ciudad, que en 1658 dio trescientos ducados, y el importe de un oficio de Regidor, que con autorización real no se vendió mientras las obras duraron».


PLANTEAMIENTO GENERAL E INTERIOR DEL TEMPLO


Es indudable que lo que Barba, en principio, planteó como estructura general del templo fue un réplica de la Catedral de Jaén, de la que por entonces él era maestro mayor. Según la composición de su planta, y en base a la disposición de los pilares, la iglesia debía continuarse a tres naves, con pilares compuestos aislados, idénticos a los de la Catedral, siguiendo el mismo ordenamiento que el crucero. Una vez acabada la cabecera y el crucero la vieja fábrica gótica debía derribarse para continuar el fabuloso proyecto.

Este diseño hubiera tenido -a juicio de Chueca- muchos puntos de contacto con la ruinosa iglesia de Santa Maria, en Cazorla, a mi entender de composición más vignolesca en cuanto a planta y ornamentación se refiere.

En definitiva, nos encontramos en este crucero con una de las obras más clásicas, en proporciones y tratamiento, de toda la arquitectura del período. Las dimensiones del presbiterio son idénticas a las de los brazos del crucero -sin incluir capillas-, constituyendo con su cúpula sobre pechinas, una grandiosa imagen de centralización y clásica proporcionalidad.

Por lo demás, Barba vuelve a desarrollar en esta obra el tema de las dobles capillas u hornacinas pareadas, por tramo, empleado ya por Vandelvira en la Catedral de Jaén. Estas capillas, cubiertas por bóvedas de cañón de casetones florales, mantienen doble arquivolta y doble arco, a su vez con doble clave, expresando en ello -al igual que en toda la ordenación del conjunto-, un académico sentido de la duplicidad armónica o proporcionalidad binaria, propio de la mejor arquitectura centroitaliana, a la vez que, morfológicamente, una nueva licencia anticlásica y manierista.

En una lectura del alzado -al margen de las capillas- podemos apreciar, sobre un amplio y clásico plinto, los espléndidos pilares compuestos -de orden corintio-, de proporción y módulo (al igual que en Jaén) netamente vitruvianos, lo cual viene a provocar el empleo de un doble y ancho entablamento -a modo de pedestal- interceptado por la cornisa general. Sobre esta cornisa, y en el vértice ya del alzado, se levanta la serliana, común a la última producción del maestro y sus seguidores.

En cuanto a los escasos motivos ornamentales -no olvidemos que nos encontramos ante una obra del clasicismo manierista más estructural y abstractizante-, sólo podemos mencionar los mascarones de las claves, las figuras de las virtudes reclinadas sobre los arcos de medio punto que sustentan los tarjetones, de tradición vandelviresca y sabor y origen rniguelangelesco y, por último, las pequeñas canéforas que coronan los huecos palladianos, motivo estrictamente manierista de procedencia italiana y flamenca.

Completa la elegante sobriedad del conjunto una clásica concepción bícroma (al igual que veíamos en el patio del Palacio de las Cadenas) de los elementos del interior, realzándose nuevamente las fuentes a un clasicismo bramantesco.


ARSENIO MORENO MENDOZA. «Guía histórico-artística de Úbeda, 1985». Pág- 161.


FERNANDO CAMPOS. 2003